Respiro asediando
la luz...
Respiro el frío,
respiro la soledumbre emboscada
en el cemento feo de la ciudad,
respiro las desgastadas palabras
incapaces de ahuyentar
el miedo,
el absurdo,
el vacío.
Me hostigan,
como un herpes,
las heridas
que hienden
mi conciencia.
Respiro
acechado
por la tristeza.
¿Hasta cuándo, Señor
me olvidarás para siempre?
¿Hasta cuándo esconderás tu rostro de mí?