Soledades
que huelen a tristeza.
Soledades
de esencial mudez.
Soledades
hirvientes
de sombras,
de cicatrices,
de heridas...
Soledades
de plegarias
afónicas
de tanto y tanto
repetir lo mismo
día a día...
"Tu rostro buscaré,
no me escondas tu rostro".
Así, ante ti,
Señor,
así ante ti
asombrados
de poder
rezar...
De poder rezar como vivimos,
ansiosos,
vulnerables,
ambiguos...
buscándonos
la vida como podemos
entre las tiranías
cotidianas
que nos consumen,
temblorosos,
perplejos,
casi invalidados.